El pintor de Caracas
Llevé la máscara de Andres Del Vecchio como mi propia cara antes de conocer su historia. Luego lo conocí en Nueva York, y pasamos una tarde frente a las pinturas americanas del Met.
Me puse su máscara antes de saber nada de él. DYBBUK MASQUE LXXXIII fue la primera obra que roté como foto de perfil, y dije entonces que se parecía un poco a mí. Encajaba de una manera que aún no sabía explicar.

Luego supe de dónde viene Andres, y todo hizo clic.
Nació en Caracas, de un origen que él describe como judeoitaliano, rumano y venezolano a la vez. El arte lo encontró a los catorce; el camino de verdad se abrió a los diecinueve, cuando se comprometió con la magia hermética y una hora de meditación al día. Y aprendió a pintar como casi nadie se molesta ya en aprender: fue aprendiz de falsificadores de arte en Florencia, a propósito, para grabarse la técnica renacentista tan hondo en las manos que se volviera reflejo. Después voló a Perú, bebió ayahuasca y dejó que la pintura, el ritual y la historia se fundieran en una sola cosa. Todo eso desemboca ahora en SHEOL, un inframundo pintado en curso que él asegura haber recorrido de verdad, donde trabaja sus obsesiones con lo erótico y con la muerte.

Así que no es un tipo que hizo una máscara llamativa. Es un pintor entrenado como un falsificador renacentista que pinta como quien dibuja un mapa del infierno.
Nueva York
Luego lo conocí. No en una pantalla: en Nueva York, en persona, e hicimos lo más natural que pueden hacer en esa ciudad dos personas que aman la pintura: fuimos al Met y nos plantamos una tarde entera frente al ala americana. No olvidaré ver a un hombre formado en la falsificación europea mirar con dureza la pintura americana, Sargent y Homer y los demás, leyendo la pincelada como un idioma que da la casualidad de que habla. La colección había puesto un token en mi cartera. El token puso a un amigo en el banco de al lado.

Llevo su máscara porque me gusta moverme por este espacio un poco enmascarado, mirando más de lo que me miran. Resulta que el hombre detrás de ella se ganó cada hilo, en Florencia y en Perú y, una buena tarde, en el Met.






